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Alfredo Catalani (1854-1893)
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Alfredo Catalani (1854-1893).
Catalani es todavía hoy un nombre que los italianos pronuncian con admiración: muchas de sus melodías pertenecen al acervo tradicional de los amantes de la ópera. Sin embargo, los argumentos de sus dos obras de más éxito los tomó este compositor muy italiano del ámbito cultural alemán: Loreley y La Wally. Nacido en 1854 en Lucca (donde cuatro años más tarde también vendría al mundo Puccini), estudió en París y Milán, fue profesor y por último (como sucesor de Amücare Ponchielli, el famoso compositor de La Gioconda), director del Conservatorio de Milán. Murió en esta ciudad siendo aún muy joven, pero su música se interpretaba ya y se apreciaba más allá de las fronteras de su patria. Pertenece a los precursores del verismo; su melodía dramática, cantable y llena de ímpetu, proviene del romanticismo tardío, y en este sentido está emparentado con sus contemporáneos Leoncavallo, Mascagni y Puccini; una vida más larga le habría permitido tal vez estar al mismo nivel que ellos.
Después de tres óperas de poco éxito, obtiene su primer triunfo completo con Loreley (Turin, 1890). La leyenda romántica que Heine convirtió en balada popular tiene por obra de los libretistas C. d´Ormeville y A. Zinardini una interpretación dramática: el noble Walter von Oberwald está comprometido con Anna von Rehberg, pero su corazón pertenece a una joven pobre llamada Loreley, que encontró cierta vez en el bosque. En un nuevo y ardiente encuentro le dice que ésa debe ser la última vez que se vean, porque va a casarse dentro de poco con una mujer de su clase. Cuando el noble se ha ido, salen las ondinas de las aguas del cercano Rin y comienzan a bailar alrededor de la joven abandonada. Le prometen una vida brillante en las profundidades del río y una belleza eterna que será la ruina de todos los hombres. Y así, Loreley aparece con una belleza deslumbrante en la boda de su amado, que se arroja a sus brazos fuera de sí. La traición hace que la novia muera y que el novio, enloquecido, tenga que huir. Por la tarde lo vemos en el bosque, a orillas del Rin.
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