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Kurt Weill (1900-1950)
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Kurt Weill (1900-1950).
«Que no me vengan con la posteridad, yo escribo hoy para hoy», habría dicho Kurt Weill. Una perogrullada para muchos artistas -Mozart, Rossini y Verdi la habrían firmado sin más- y sin embargo característica del arte «actual» de Kurt Weill, que quiso crear en los roaring twenties, en los frenéticos, agitados y tempestuosos años veinte una «música para todos». Al derrumbarse un mundo que con su firmeza parecía que iba a durar muchas generaciones, al producirse después de la Primera Guerra Mundial una verdadera «decadencia de Occidente» (por emplear la polémica expresión de Spengler), las aguas elevaron a la superficie lo que estaba en las profundidades, las pesadillas del inconsciente se liberaron, se derribaron tabúes, se demolieron obstáculos, se destruyeron ideales para crear un espacio para lo «nuevo», que irrumpió como una inundación, sin encontrar terreno firme, y dejó una sensación de vacío que volvió más inseguros y desesperanzados a los hombres. El arte de los años veinte, una época sin orientación pero llena de talentos, no puede abordarse aquí ni por aproximación; el lector encontrará muchas explicaciones dispersas en los diferentes apartados de nuestro libro: sobre Schoenberg y Stravinski, Bartók y Hindemith, Milhaud y otros. Las consecuencias de aquella década se advierten todavía medio siglo después. A aquella época confusa pero interesante, destructiva pero no carente de valor y de valores, pertenece Kurt Weill.
Mientras sus contemporáneos se pierden en complicaciones laberínticas, proponen teorías abstrusas y se alejan cada vez más de la capacidad de apreciación de los amantes de la música, del «público», Weill sigue el camino contrario: pocas veces se ha simplificado tanto la música -al margen de la popular-, pocas veces ha sonado en la tradición operística una música tan directa y a menudo vulgar, con una letra de idénticas características, como la de Weill. Pero hay que permitírselo a esa música: está llena de inspiración, tiene un extraordinario instinto para el efecto masivo. Entusiasmaba a los oyentes, la silbaban en todas las calles del mundo. Esto no dice nada sobre su calidad, difícil de juzgar, pero sí, y mucho, en pro de una inclinación a lo ordinario, una voluntad de ser inteligible, que en aquella época muy pocos manifestaban.
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