Historia de la ópera en Argentina
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El auge de la ópera en Buenos Aires, que no tardó en proyectarse hacia varias direcciones del país, fue un fenómeno único en el Continente americano. El primitivo Teatro Colón, inaugurado en 1857, a poco más de treinta años de la primera representación de una ópera en esta ciudad ("El Barbero de Sevilla", de Rossini, 3 de setiembre de 1825), tenía una capacidad que no guardaba relación con el número de habitantes que Buenos Aires albergaba a la sazón; pero el público colmaba habitualmente sus instalaciones. A fines del siglo y en las dos primeras décadas del actual, llegaron a funcionar, simultáneamente, en esta ciudad siete salas de ópera que presentaban espectáculos de primer orden, todos ellos a cargo de compañías que venían de Europa y que rivalizaban en la captación del interés del público. Por otra parte, era tal la avidez de la sociedad por esos espectáculos y llegó a ser ese interés tan absorbente, que hoy podemos afirmar categóricamente que la ópera demoró en esta parte del mundo la necesaria difusión de la música sinfónica y la música de cámara. Hoy, cuando estas manifestaciones tienen en la vida musical de Buenos Aires un espacio y una magnitud condigna, y que, a la par de las artes representadas, han hecho de esta ciudad una de las grandes capitales de la música en América, el interés por la ópera, lejos de decrecer, parece aumentar no siendo quizás ajeno a ello el especial interés por el espectáculo que se aprecia actualmente en todos los niveles de la sociedad.
Ya no existen siete teatros de ópera en Buenos Aires: sólo uno, el Teatro Colón, que mantiene viva la llama de esa pasión argentina.
En la segunda mitad del siglo pasado, en tanto músicos extranjeros que residían en nuestro país, temporariamente o de por vida, incursionaban con fortuna varia en el teatro lírico, nuestros jóvenes músicos emigraban a Europa para perfeccionar sus estudios. Los que permanecían en el país parecían más interesados en géneros líricos menos comprometidos, como la zarzuela y más tarde, la opereta. Entre los que optaron por el primer camino, el de completar su formación musical fuera del país, no faltaron los que se radicaron definitivamente en el extranjero. Entre estos, se encontraban Hermann Bemberg (18611931) y Justin Clérice (1863-1908). El primero, estrenó en Covent Garden de Londres, en 1892, la ópera "Elaine", y en la Opera de París, "Le Baiser de Suzanne".
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