Historia de la ópera en España
05.Arraigo de la ópera en otras ciudades españolas
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05.Arraigo de la ópera en otras ciudades españolas.
En 1753 el empresario Nicola Settaro y su compañía pasaron de Barcelona a Puerto de Santa María y después a Santiago de Compostela (véanse los estudios sobre la ópera en Galicia de Xoan M. Carreira).
También consta su presencia en Oviedo, cuyo Teatro Fontán tuvo su origen en el siglo xvII, aunque no se sabe con precisión cuándo se incorporó la ópera a sus espectáculos, La tradición operística de Asturias fue siempre poderosa y se mantuvo en todos los tiempos hasta nuestros días.
Después de 1760 la ópera parece haber ido arraigando con mayor fuerza en la mayoría de las ciudades españolas, a pesar de la oposición de sus temibles enemigos, especialmente los eclesiásticos. En 1748 el arzobispo de Valencia, Andrés Mayoral, había conseguido erradicar el teatro al adquirir el local y derribarlo para construir viviendas. En Sevilla los obstáculos al normal desarrollo de la ópera y del teatro fueron manejados por los moralistas y sus adláteres, y obtuvieron un voto municipal de rechazo del teatro a perpetuidad, aunque no siempre se mantuvo incólume tal decisión. Son numerosísimos los escritos y publicaciones contrarias al teatro por razones morales, y ya fueron objeto de estudio en tiempos de Cotarelo y Mori (Bibliogra de las connoversias sobre la licitud del teatro en España, 1904), antes de que el ilustre investigador iniciara sus estudios sobre los orígenes de la ópera en España (1917). La ópera también tenía enemigos entre la misma profesión teatral, por parte de los cómicos o actores españoles, quienes veían en el género italiano una desleal competencia, que las autoridades nunca acababan de sancionar. Aun así en Cádiz, arropadas por la fértil vida comercial y por la presencia de una numerosa colonia extranjera, convivían nada menos que tres compañías teatrales: una española, una francesa y una italiana. No había nada equivalente en ningún otro lugar de España, pues la ópera francesa no gustaba ni tuvo apenas valedores en todo el siglo xv i y aún más tarde.
Paradójicamente, la presencia de Carlos III en Madrid supuso una crisis del género de la ópera, por el que el nuevo rey no tenía el menor interés. La crisis de la vida operística madrileña se reflejó en los intentos de aclimatar la ópera italiana traducida al castellano, tarea en la que trabajó denodadamente el comediógrafo D. Ramón de la Cruz.
En algunas ciudades la ópera llevaba una vida bastante próspera en los años 1760: en el Coliseo de Zaragoza las representaciones italianas atraían público y el teatro ofrecía novedades de los principales compositores de las escuelas napolitana y veneciana, especialmente del género bullo.
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