Historia de la ópera en España
08.La ópera en Barcelona a fines del siglo XVIII
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08.La ópera en Barcelona a fines del siglo XVIII.
En los años finales del siglo xvili la ópera tenía una vida particularmente rica en Barcelona, donde el repertorio era de modo mayoritario, pero no exclusivamente, italiano. Junto a las producciones de Piccini, Guglielmi, Anfossi, Gazzaniga, Traetta, Paisiello y Cimarosa, llegaron al Teatro de la Santa Cruz de dicha ciudad obras procedentes de Viena, de autores como Johann Adolf Hasse, Florian-Leopold Gassmann, Giuseppe Bono (italiano, pero adscrito a la corte de Viena) y del propio Gluck, cuyo Oreo ed Euridice se representó en 1780. También llegó a Barcelona, antes que a ninguna otra ciudad de su entorno, Cosí fan tuste, de Mozart, entonces desconocido en España. La conexión con Austria, cuyo origen se hallaba en el estamento militar, trajo también a Barcelona varias obras religiosas y sinfónicas de Franz J. Haydn, aunque no sus óperas.
La vida operística barcelonesa sc vio zarandeada, aunque no cortada, por los eventos políticos del momento: la guerra contra Francia de 1793-1795 y las campañas napoleónicas en Italia dificultaron la programación del teatro, que recurrió a compositores locales, como Ferran Sors (o Sor), quien a los 18 años de edad recibió el encargo de componer II Telemaco nel]´isola di Calipso (1797), y como cl organista de la catedral barcelonesa, Caries Baguer, autor de una ópera titulada La principesca filosofa, estrenada el mismo año 1797. Ambos son hoy mejor conocidos por su música instrumental, pero dedicaron sus esfuerzos a la ópera cuando el empresario del teatro barcelonés se lo solicitó, acuciado por la falta de contactos con Italia que estaba provocando la guerra napoleónica.
Durante estos años la vida operística seguía envuelta en polémicas, incluso en una ciudad tan abierta como Barcelona. Se cruzaban consultas oficiales sobre la conveniencia o no de mantener la ópera como espectáculo, sobre todo por su elevado coste, a lo que invariablemente se cedía por el peso de la opinión pública. Algunos moralistas seguían empeñados en la prohibición del teatro, y por su lado los cómicos españoles pretendían la reducción o la eliminación de la ópera italiana. Pero en un informe del ayuntamiento de la ciudad (1780) se decía que precisamente por la costumbre de representar óperas en ésta se habían formado muy buenos músicos, y que dicha diversión era del todo pinto necesaria en Barcelona.
Otro de los avatares que sufrió la vida operística de la ciudad fue el incendio del Teatro de la Santa Cruz (1787), rápidamente solventado en un solo año mediante la rápida reconstrucción del local, a lo que no fue ajeno el celo del capitán general, conde del Asalto, que temía por el orden público si la ciudad se quedaba sin espectáculos.
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