Historia de la ópera
31.Despues de Verdi - Siglo XIX - Italia
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31.Despues de Verdi - Siglo XIX - Italia.
Verdi dominó tan abrumadoramente los teatros de ópera italianos hasta 1890 que dejó una huella indeleble en la inmensa mayoría de los compositores de la siguiente generación. Las dos principales excepciones fueron Amilcare Ponchielli (1834-1886) y Boito. Con La Gioconda (1876), Ponchielli demostró su aptitud para el estilo de composición internacional, convirtiendo la escena veneciana en capital musical del mundo, incluyendo un gran ballet («La danza de las horas») y un sinfín de melodías cargadas de emotividad para un reparto que incluía seis intérpretes de primera fila. El libreto de esta ópera fue obra de Boito, que usó el sobrenombre de Tobia Gorrio, y con su propio nombre escribió el texto y la música de Mefistofele (Mefistófeles), de 1868, que fue un estrepitoso fracaso bajo la fórmula «reformista» original, debido a las deficiencias en la concepción y posterior desarrollo de las ideas musicales por parte de Boito, aunque consiguió rescatarla y reestrenarla en Bolonia en 187S, no sin antes haberla sometido a una sistemática revisión y, aunque pueda parecer una ironía, eliminando casi todos los rasgos «reformistas» durante el proceso. Una buena parte de la ópera tiene un aire festivo y sólo la escena de la prisión (tercer acto) genera una verdadera tensión dramática. Hoy en día, Mefistofele sigue teniendo muchísimo éxito, hasta el punto de que los bajos más cotizados consideran que la posibilidad de interpretar el papel que da título a la obra constituye un modo excelente de dar a conocer sus cualidades vocales.
En 1890, Cavalleria rusticana (Caballería rusticana), de Pietro Mascagni, hizo su aparición en el ámbito operístico como un bombazo, y su impacto se dejó sentir en todo el mundo durante un tiempo récord. Basada en un relato corto naturalista de Verga, esta ópera en un solo acto, con su dramático argumento de infidelidad y venganza entre campesinos sicilianos, puso en boga lo que se conoció como «verismo», el equivalente operístico aproximado del naturalismo literario. Lo cierto es que, para una ópera que, en su día, se consideró como revolucionaria, contiene numerosos elementos convencionales. La introducción de una serenata para el tenor en el preludio fue un toque realmente innovador, aunque conduce a un tradicional coro de obertura y, luego, a la descripción de la más que evidente ocupación de Afio -carretero-, seguido de un himno de Pascua que interpretan los aldeanos. A partir de aquí, hay que dejar transcurrir el primer tercio de la partitura para llegar al breve pero intenso, arioso, «Voi lo sapete», que canta Santuzza, seguido de dos apasionados duetos, con lo que la ópera alcanza una extraordinaria inmediatez emotiva.
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