Historia de la ópera
45.Revoluciones y «renacimientos» (1901-1918) - Siglo XX
índice de Historia de la opera
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45.Revoluciones y «renacimientos» (1901-1918) - Siglo XX.
Tal y como sucedió en otras muchas áreas de la creación artística, ciendfica, técnica y filosófica, el período comprendido entre principios de siglo y el final de la Primera Guerra Mundial se caracterizó por un cambio rápido y crucial en el género operístico. En la década siguiente a la muerte de Verdi en 1901, Strauss escribió Elektra y Schonberg Erwartung (La espera), y en 1917 Berg estaba trabajando en Wozzeck y Stravinski en Histoire du soldat (Historia de un soldado). Lógicamente, los motivos que fomentaron esta agitación, sin parangón ni antes ni después, fueron muy complejos, lo que, consecuentemente, dificulta la tarea de separación de la causa y el efecto. Sin embargo, la coincidencia de la revolución operística con una revolución en la armonía -tanto Elektra como Erwartung están consideradas desde hace mucho tiempo como auténticos hitos en la historia de la armonía- resulta extraordinariamente sugestiva. La ópera, cuyos orígenes se remontan a la época en que las tonalidades mayor y menor empezaron a ser decisivas, obtuvo todo su empuje y su dinamismo de las fuerzas armónicas. Así, por ejemplo, en ópera, la resolución, tanto en Mozart como en Wagner, es armónica y dramática a la vez. La armonía facilita un motor a la narrativa y, en contrapartida, ésta proporciona una explicación a la armonía. Sin embargo, la creciente complejidad de esta disciplina a principios del siglo xx empezó a menoscabar la dinámica de avance de la ópera, privándola, en consecuencia, de su poder motivador. Una posible respuesta consistía en deleitarse en aquella complejidad, para buscar temas exóticos o fantásticos que pudieran justificar un mundo musical extremadamente adornado y ofrecer razones dramáticas a los estallidos de energía orquestal y rítmica, como, por ejemplo, en el caso de las composiciones de Puccini, Mascagni y Rimski-Kórsakov. Y otra, la respuesta de Schonberg, consistía en abandonar totalmente la tonalidad y descubrir un tipo de drama en el que el empeño por la resolución fuese la condición permanente. Tampoco hay que olvidar una tercera respuesta, la de Debussy, consistente en aceptar la indecisión con respecto a la armonía tonal reinante en aquellos años y crear una ópera de incertidumbre. Aunque también cabía la posibilidad de recurrir ala ironía, la generación de mundos artificiales donde los personajes son estilizados, como en Ravel, Stravinski o, de nuevo, Rimski-Kórsakov, o en los que el proceso de musicalización hace posible aludir a normas anteriores, uno de cuyos máximos puntos de referencia lo constituye Mozart, aunque esto también es habitual en Busoni, Wolf-Ferrari, Nielsen y Strauss.
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