Historia de la ópera
52.La ópera y el teatro musical (1961-1975) - Siglo XX
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52.La ópera y el teatro musical (1961-1975) - Siglo XX. A principios de la década de 1960, dos fenómenos rompieron definitivamente el molde conservador de la operística de la posguerra. Uno de ellos fue la llegada de la avant-garde (vanguardia) internacional, encabezada por Luigi Nono (1924-1990), con su obra Intolleranza (Intolerancia), de 1961, y el otro la innovación del teatro musical, que también estaba en deuda con aquellos compositores que habían Llegado a su madurez desde la guerra, si bien fue Stravinski quien proporcionó uno de los primeros ejemplos en The Flood (La inundación), de 1962. Intolleranza no fue la primera ópera que utilizó la música electrónica grabada en cinta, sino que este privilegio corresponde a Aniara (1959), una ópera de ciencia-ficción de Karl-Birger Blomdahl. El verdadero logro de Nono consistió en crear un nuevo tipo de ópera, desafiante tanto desde una perspectiva estética como política, mediante un inquebrantable estilo orquestal basado en grupos instrumentales y un recargadisimo intercambio de imágenes músico-dramáticas, que iban desde la inmediatez lírica hasta la objetividad del oratorio. Dichas imágenes estaban vinculadas con una trama, en la que un inmigrante se halla a merced de la policía y de la sociedad capitalista. Sin embargo, toda esta sistemática desaparece en la segunda ópera de Nono, AI gran sole canco d´ amare (Bajo un sol rebosante de amor), de 1975, en la que el texto consiste en un mosaico de citas que facilita los materiales necesarios para llevar a cabo diversos tratamientos musicales sobre la lucha de clases.
Esta tendencia hacia la desintegración de la ilusión escénica y hacia la politización de la ópera no fue exclusiva de Nono. También podemos encontrarla en la evolución de Henze desde los lujosos mundos de Elegy for Young Lavers (Elegía para jóvenes amantes), de 1961, Der junge Lord (El pequeño lord), de 1965, y The Bassarids (1966) hasta el estridente compromiso revolucionario de We come to the River (Vamos al río), de 1976, así como también en la naturaleza global del teatro musical, que dispersa la presencia de la ópera presentando a los intérpretes y a los instrumentistas en la misma plataforma, habitualmente en una sala de conciertos sin escenario, y, por último, podemos observarla en Die Soldaten (Los soldados), de BerndAlois Zimmermann (1965), una obra en la que, pese a que por la temática y el estilo se aproxima a Wozzeck, la combuffación de corrientes músicodramáticas independientes, a veces con la representación simultánea de tres escenas, revela el artificio del arco del proscenio como una ventana abierta a un mundo coherente.
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